Por José Pablo Salazar | Al analizar desde diversas perspectivas el periodismo nacional, modelo que sin duda es compartido por muchas naciones occidentales y algunas orientales, se visualiza un puñado de daños enraizados en el organismo de la profesión y la sociedad que lo sustenta, así como cánceres que amenazan con enclaustrarse en sus células. Estamos ante una problema ecuménico y, en orden lógico, he aquí el primer flagelo de mi investigación.
La educación secundaria débil –primer tropiezo- es el principio del fin, porque no se puede esperar hombres de cultura con un profesorado torpe y atado a un programa desactualizado y superficial. ¿Qué fuerza intelectual y/o laboral egresa de un centro de segunda enseñanza? La mínima, es decir, aquellos jóvenes que, por su firme escala de valores, formación intrafamiliar o simple cuestión cromosomática, echan en sus mochilas dosis diarias de conocimiento nuevo, audacia, historia, experiencia, empatía social y metas crecientes.
Si lograron pasar la zaranda clasista de los exámenes de Bachillerato, llegan a una universidad privada, si son muchachos de escasos recursos; y a la universidad pública, si tienen poder adquisitivo, irónica e injustamente con beca 100; así lo develó un prestigioso informe nacional, meses atrás.
Para nadie es un secreto que de las escuelas privadas de periodismo, como en muchas otras carreras, se gradúa la mayor parte de la fuerza laboral de este país, debido a variables como la velocidad, el lucro, la necesidad y los “afanes de todo”.
Este es justo el segundo escollo. Una educación express, con profesores llenos de experticia en comunicación o cualesquiera materias, pero estériles en pedagogía. Una casa de “enseñanza” donde el saldo es: 12 cursos paupérrimos, cinco fútiles y tres realmente doctos.
Centros comerciales hechos universidades, con excesivo lujo y poco contenido. Aquí depende en mucho del estudiantado, pero este, en su gran porcentaje, se ha inclinado por el centro comercial y el bar de la esquina, sin lucidez, sin criticidad y sin voz, porque si acaso tuviese la osadía de enfrentar al sistema y reclamar: “usted tiene muchas otras alternativas que también lo reciben con los brazos abiertos”, a él y a sus 400 mil colones cuatrimestrales.
Estamos ante un reto de hombres de acción, no de ilusos soñadores. Es responsabilidad de los comunicadores actuales, muchos profesores en universidades, para que exijan y procuren cambios en una profesión que se ha quedado proscrita en la práctica, específicamente occidental, pero que ha evolucionado asombrosamente en las tesis y doctrinas.
Un certificado, en cualquier rama de la ciencia, hoy tiene fecha de caducidad. Creer que no, es síntoma de la podredumbre y rezago mentales que nos atañe combatir.
Giremos nuestra mirada. Reflexionemos sobre nuestro deber, en un mundo de carrera material y de visión fragmentada. Sentemos nuestra responsabilidad y exijamos esta a quienes tiene mucho qué hacer, en primer término al Colegio de Periodistas de Costa Rica, a los medios de comunicación, al buró político y al poder ciudadano, este último, infinito en la Era de la Tecnología y la Información.
*Periodista.

