Durante casi dos décadas, China ha sido para Venezuela algo más que un socio comercial: un respaldo político clave, un salvavidas financiero en los peores años de sanciones y un aliado dispuesto a desafiar el aislamiento impuesto por Estados Unidos. Pero la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, por fuerzas estadounidenses en la madrugada del sábado ha puesto a prueba como nunca antes la solidez de la asociación estratégica entre Pekín y Caracas. Y aunque el gigante asiático ha reaccionado con un rechazo frontal al “comportamiento hegemónico” de Washington y ha exigido la “liberación inmediata” de Maduro y su esposa, Cilia Flores, existe un amplio consenso entre los analistas de que su respuesta no pasará del terreno retórica.
“China expresa su profunda conmoción y condena enérgicamente el uso temerario de la fuerza por parte de Estados Unidos contra un Estado soberano y las acciones dirigidas contra el presidente de otro país”, manifestó el Ministerio de Exteriores chino en un breve comunicado publicado unas ocho horas después de que comenzaran las explosiones en distintos puntos de Venezuela, incluida la capital. Este domingo, la Cancillería china ha pasado a instar a “garantizar la seguridad personal del presidente Maduro y de su esposa, a liberarles de inmediato y a cesar las acciones destinadas a subvertir el régimen venezolano”. También ha pedido “resolver las diferencias mediante el diálogo y la negociación”.
Pekín denuncia en ambos textos lo que considera una “grave transgresión” de las leyes internacionales, una “vulneración de la soberanía venezolana” y una “amenaza a la paz y la seguridad de América Latina y el Caribe”, e insta a la Casa Blanca a respetar el derecho internacional y la Carta de Naciones Unidas, además de a “cesar las violaciones de la soberanía y la seguridad de otros países”.
El tono encaja con la línea que Pekín ha venido sosteniendo en los últimos meses, en los que había expresado su rechazo al despliegue aeronaval que mantiene Washington desde agosto en el Caribe y reafirmado su apoyo al régimen de Maduro a medida que crecía la presión estadounidense. A mediados de diciembre, el canciller chino, Wang Yi, aseguró por teléfono a su contraparte venezolana, Yván Gil, que su país se oponía “a todas las formas de intimidación” y apoyaba “la defensa de su soberanía y dignidad nacional”. No obstante, evitó acompañar ese discurso de medidas concretas.
Esa cautela responde a varios factores. Venezuela no ocupa un lugar central en las prioridades estratégicas globales de China, concentradas en Asia-Pacífico (con especial foco en Taiwán), los vínculos comerciales con Europa y la competencia estructural con Estados Unidos, un marco que ayuda a explicar la ausencia de una respuesta inmediata del Gobierno chino a la captura de Maduro.
Pekín no tiene demasiado margen de maniobra. La relación sinovenezolana se elevó al nivel de “Asociación Estratégica a Toda Prueba y Todo Tiempo” en 2023 durante la visita de Estado de Maduro a China, pero ese reconocimiento político lleno de florituras no implica compromisos de seguridad. Es más, los expertos señalan que, para China, Venezuela es un socio útil en el plano discursivo y simbólico, más que un aliado al que esté dispuesto a ofrecer respaldo militar en un escenario de confrontación directa con Estados Unidos.
“La posición de China en el momento en que algunos de sus socios hacen frente a una crisis es limitada”, sostiene en un intercambio de mensajes Inés Arco, investigadora de CIDOB, especializada en Asia Oriental. “Cuando Estados Unidos bombardeó Irán, un aliado más cercano a China que Venezuela y en una situación similar de importancia energética y sanciones internacionales, Pekín no dio ninguna otra muestra de apoyo más allá de la retórica”, enfatiza Arco. “Al final, China se presenta como un socio económico, no de seguridad”, apostilla.
Esos límites no son una novedad. Pekín ha ido recalibrando su relación con Caracas de forma pragmática en los últimos años, después de una etapa de elevada exposición financiera entre 2007 y 2015, durante la que concedió a Venezuela préstamos respaldados por petróleo por valor de más de 60.000 millones de dólares (equivalente al 16% de su PIB), según datos de Inter-American Dialogue y la Universidad de Boston. Tras el colapso de la producción de crudo, el desplome de la economía venezolana a partir de 2014 y el endurecimiento de las sanciones, China recortó de forma drástica la financiación y la inversión directa. Desde entonces, el peso económico real de Venezuela para el país asiático ha perdido relevancia frente a otros socios regionales, como Brasil, Chile, Perú o México.
En este contexto, la relación se ha ido concentrando cada vez más en el terreno energético. China, el mayor importador de crudo del mundo, se ha consolidado desde 2019 como el principal destino de las exportaciones petroleras venezolanas, a medida que las sanciones estadounidenses cerraban otros mercados. Aunque el combustible venezolano apenas representa en torno al 4% de las importaciones totales chinas, para Caracas han sido un salvavidas: entre 2023 y 2025, China absorbió muchos meses entre el 55% y el 80% de las exportaciones de Caracas, según cálculos citados por Reuters. Esas ventas han sido esenciales para que el régimen chavista pudiera mantener un flujo mínimo de ingresos en divisas cuando el acceso a mercados occidentales se veía restringido.
Pese a que en lo económico los lazos se han ido limitando, Venezuela ha seguido sirviendo estos años a China como una pieza útil para su relato. La política exterior china se articula, especialmente desde la llegada al poder de Xi Jinping, en torno a la defensa del principio de soberanía, el rechazo a las sanciones unilaterales y la oposición a las injerencias externas. Son posturas que desde el Ministerio de Exteriores reiteran con insistencia, mientras evitan asumir posiciones que puedan desembocar en un choque abierto con Washington. Desde esa lógica, el respaldo diplomático a Caracas durante estos últimos meses de tensiones ha permitido reforzar a Pekín su narrativa contra el unilateralismo estadounidense y proyectar una imagen de apoyo férreo al Sur Global, en un momento en el que Donald Trump asestaba golpes reiterados al orden multilateral.
Pocas horas antes de ser capturado, Maduro había celebrado “la unión a toda prueba” entre Venezuela y China y expresado su gratitud a Xi “por su apoyo fraternal como un hermano mayor”. Lo hizo durante una reunión en Caracas con una delegación china encabezada por el enviado especial para asuntos de América Latina y el Caribe, Qiu Xiaqi, un encuentro del que ni el Gobierno ni los medios estatales chinos se han hecho eco.
A finales de noviembre, Xi describió a los dos países como “amigos íntimos, entrañables hermanos y buenos socios” y reiteró su rechazo categórico a “las injerencias de las fuerzas externas en los asuntos internos de Venezuela”. El líder chino fue también uno de los pocos dirigentes que felicitó a Maduro por su victoria en los comicios presidenciales de 2024, cuestionados por buena parte de la comunidad internacional y tachados de fraude.
La crisis venezolana se produce además en un contexto de creciente rivalidad entre China y Estados Unidos por la influencia en América Latina. A comienzos de diciembre, Washington publicó una nueva Estrategia de Seguridad Nacional que redefine la región como una “zona de interés central” y asume una versión actualizada de la Doctrina Monroe, con el objetivo de restaurar su primacía en el hemisferio occidental y proteger corredores estratégicos clave.
Aunque no menciona explícitamente a China, sí fija como prioridad impedir que “competidores no hemisféricos” desplieguen fuerzas o controlen activos estratégicos, y alerta sobre la necesidad de identificar y contrarrestar “influencias extranjeras hostiles”, un marco que los centros de análisis interpretan como una referencia directa al avance chino en la región. Días después, Pekín difundió su tercer Documento de Política para América Latina y el Caribe (el primero en nueve años), en el que presentaba Latinoamérica como una fuerza esencial en la transición hacia un orden multipolar y subrayaba que su relación “no apunta ni excluye a terceros, ni está subordinada a ningún país”.
Fuente. Redacción y MNS y AP
