Drogas fabricadas en laboratorio e impregnadas en las páginas de cartas, libros e incluso documentos legales se introducen clandestinamente a las prisiones, matan a reclusos y frustran a los investigadores.
Especial con informacion de The News York Time, es una informacion mu especial en inportante. Los reporteros pasaron más de un año siguiendo las muertes en la cárcel del condado de Cook, realizando más de 100 entrevistas y revisando decenas de estudios, informes forenses y otros documentos sobre el auge de las nuevas y peligrosas drogas sintéticas.
El cadáver yacía desplomado en el suelo de la cárcel, enroscado alrededor de un inodoro metálico.
Los investigadores no encontraron indicios de homicidio, sino solo algunos trozos de papel enrollado, achicharrados y esparcidos por el suelo como confeti chamuscado.
Durante meses, los reclusos habían estado enfermando en la cárcel del condado de Cook, en Chicago. Los funcionarios dijeron que habían oído rumores de que drogas extremadamente tóxicas se estaban infiltrando en el centro, suministradas en algo tan ordinario que parecía imposible de detener.
Entonces apareció el cadáver y “algo hizo clic”, dijo Justin Wilks, investigador jefe de la cárcel.
El papel debía de ser el culpable, y era mortal.
Pronto se produjeron más sobredosis. Al mes siguiente, en febrero de 2023, otro recluso murió por fumar papel mezclado con misteriosas drogas nuevas. En abril, uno más.
A finales de año, al menos seis personas habían muerto por sobredosis, lo que ponía a la cárcel a la vanguardia de un nuevo tipo de guerra contra las drogas, en la que se pueden inventar drogas extraordinariamente potentes más rápido de lo que las autoridades pueden identificarlas.
Y en la que algo tan ubicuo como el papel puede llegar a ser letal.

En la actualidad, los químicos marginales están provocando una transformación total del mercado de drogas ilícitas. Desde laboratorios clandestinos, producen una vertiginosa variedad de drogas sintéticas: no solo fentanilo, sino también nuevos y peligrosos tranquilizantes, estimulantes y cannabinoides complejos. A veces, en un solo mes aparecen en las calles varias drogas desconocidas. Muchas son tan nuevas que ni siquiera son ilegales todavía.
El auge desenfrenado de las drogas sintéticas es tan profundo para el mercado de las drogas ilícitas como lo fue la televisión para la radio o la computadora para la máquina de escribir, afirman los científicos, y está confundiendo a las fuerzas del orden de todo el mundo.
“Esta es la epidemia moderna de la droga: no se parece a nada que haya ocurrido antes en el mundo, en ninguna parte”, dijo Bob DuPont, zar antidroga durante la presidencia de Richard M. Nixon.
Después de esa primera muerte en la cárcel del condado de Cook en enero de 2023, el equipo de Wilks tardó meses en darse cuenta de que estas misteriosas drogas nuevas se estaban rociando en las páginas de los objetos más inocuos: libros, cartas, documentos, incluso fotografías.
Las hojas de droga, valoradas en miles de dólares por página, eran arrancadas en tiras y fumadas por reclusos que entraban en ataques que parecían locura o un exorcismo, como poseídos por un narcótico fantasma que las autoridades no podían ver, y mucho menos detener.

Desesperada, la cárcel añadió vigilancia las 24 horas del día, registró más celdas y reforzó la sala de correo, inspeccionando a mano todos los artículos.
Pero los traficantes eran astutos. Cuando el correo ordinario se inspeccionó más a fondo, los contrabandistas empezaron a introducir correspondencia jurídica. Pronto, los agentes descubrieron paquetes sellados que parecían enviados directamente desde Amazon, con libros impregnados de droga en su interior.
En el verano de 2024, el equipo de Wilks encontró una sola hoja con 10 brebajes diferentes en aerosol: una mezcla de opioides, depresores, cannabinoides y estimulantes mezclados en la misma página, como una piedra Rosetta de las drogas sintéticas.
Pronto murió otro recluso, con muchas de las mismas nuevas drogas en su organismo. Para Wilks, fue una constatación aplastante. Dieciocho meses después de comenzar su investigación, no estaba más cerca de encontrar al proveedor, y el arsenal de nuevas drogas mortales evolucionaba más rápido de lo que él podía rastrearlo.
“Tenemos que hacer algo”, dijo Wilks a sus colaboradores. “No puede morir otra persona bajo mi vigilancia”.
Una carrera armamentística ilícita
Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, las drogas ilícitas procedían de la tierra.
El comercio de opio procedente de la adormidera se remonta a miles de años atrás. Incluso durante el siglo XX, cuando Estados Unidos declaró su guerra a las drogas, las autoridades seguían centrándose en gran medida en tres sustancias derivadas de plantas: la marihuana, la cocaína y la heroína.
Hoy, la dinámica es casi irreconocible.
Las drogas sobrealimentadas son sintetizadas cada vez más en laboratorios por químicos ilegales que crean nuevas variedades, como si fueran cocineros probando recetas. Desde 2013 se han registrado más de 1440 nuevas sustancias psicoactivas, triplicándose en poco más de una década, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.
Algunas de las sustancias más nuevas eclipsan la potencia de las drogas que se introdujeron hace solo unos años.
“Hoy es el momento más peligroso en la historia del mundo para consumir drogas”, dijo Andrew Monte, director del Centro de Toxicología de las Montañas Rocosas.
Científicos y funcionarios afirman que se está produciendo una carrera armamentística por la potencia. Cuanto más potente es la droga, mayor es el subidón. Los traficantes también pueden suministrar drogas en cantidades más pequeñas, lo que facilita su contrabando y aumenta el potencial de ganancia.
Las consecuencias son graves: mayor riesgo de supresión respiratoria, psicosis, violencia, sobredosis y muerte.
Los nitazenos, una clase de opioide sintético que mató a uno de los reclusos de la cárcel del condado de Cook, pueden ser 20 veces más potentes que el fentanilo, un sombrío reflejo de cómo la batalla contra las drogas ilícitas a menudo acaba engendrando otras nuevas, incluso más mortíferas.
Tan pronto como las autoridades prohíben una sustancia, los narcoquímicos crean nuevas variantes más potentes que aún no han sido prohibidas. Las recetas de las drogas se comparten en internet y a menudo los pedidos también se hacen allí, como parte de una transformación radical del mundo criminal que los expertos denominan “la digitalización” de las drogas.

Pocos lugares ilustran la lucha con más claridad que el centro penitenciario del condado de Cook, pero no es un caso aislado. Al menos otros 15 estados han detenido o procesado a personas por introducir papel impregnado de droga en cárceles o prisiones, según un análisis de The New York Times de datos de casos desde Nueva York a Texas y Hawái.
En la calle, esta innovación no siempre es tan necesaria: es bastante fácil vender fentanilo o marihuana. Pero a Wilks le preocupaba que esta nueva amenaza, tan eficaz para engañar a las fuerzas del orden, pudiera escapar de sus muros.
Las muertes ocurridas en el condado de Cook pusieron a las autoridades ante un panorama cambiante, en el que el papel, un medio tan antiguo como el Antiguo Egipto, puede matar.
Sin embargo, las extraordinarias restricciones de la cárcel también crearon las condiciones ideales para contraatacar: una fortaleza de hormigón y alambre de púas donde las autoridades tenían licencia para escudriñar casi cualquier cosa. En este sistema cerrado, con 5000 reclusos bajo vigilancia constante, este nuevo paradigma mortal de la droga podía estudiarse y, posiblemente, combatirse.
‘No mueras en la cárcel’
El papel es un salvavidas en la cárcel, un vínculo con padres, parejas e hijos en el mundo exterior.
Después de que en 2023 muriera la primera persona por fumar un trozo de papel impregnado de drogas, el sheriff del condado de Cook, Tom Dart, llamó a otras cárceles y prisiones que se enfrentaban al mismo fenómeno. Algunas habían decidido prohibir totalmente el papel.
El sheriff Dart se negó.

“Nunca habíamos visto ni oído nada parecido”, dijo el sheriff Dart, quien dirige la cárcel del condado de Cook. “Nos obligó a rehacer por completo lo que estábamos haciendo”.
La cárcel ha sido criticada en ocasiones por no vigilar suficientemente a los presos. Pero deshacerse por completo del papel les privaría de lo que más echaban de menos en la reclusión: la conexión humana. Eso le pareció especialmente duro al sheriff Dart, teniendo en cuenta que la mayoría de los reclusos de la cárcel estaban aún a la espera de juicio y no habían sido condenados todavía.
“La tarjeta que un niño envía a su padre es algo muy importante en un centro penitenciario”, dijo. “Decir desdeñosamente que íbamos a prohibir la entrada de todo, era algo que no quería hacer”.
A medida que aumentaba el número de muertos en 2023, la cárcel intensificó los registros aleatorios y enseñó a los inspectores a identificar el tacto y el olor naturales del papel, con la esperanza de detectar cuándo había sido adulterado, por poco que fuera. Las drogas eran tan novedosas que ni siquiera los perros podían olerlas.

“Todo el mundo utiliza el papel para todo”, dijo Wilks. “Las escuelas del interior usan papel, el personal usa papel y los reclusos reciben papel por correo todos los días”.
Casi todo lo que hacía la cárcel parecía estimular más la innovación. Los traficantes de papel encontraron incluso formas de introducir gotas psicoactivas, de modo que los propios formularios de la tienda de la prisión podían transformarse en drogas fumables. Wilks temía que los funcionarios de prisiones corruptos pudieran introducir de contrabando los productos químicos en sus botellas de agua.
“Cada vez que descubríamos algo, hacían un cambio”, dijo Wilks.
Como los laboratorios tardaban meses en identificar estos nuevos compuestos, las autoridades iban siempre varios pasos por detrás, tratando de desarticular una red de narcotraficantes que cambiaba rápidamente con información anticuada.
En la cárcel se colocaron carteles en los que se advertía de los peligros del papel impregnado de drogas.
“No mueras en la cárcel”, decían.
Pero ni siquiera la muerte disuadió a los consumidores.
De hecho, parecía tener el efecto contrario. Muchos reclusos habían desarrollado tolerancia y ansiaban el papel más fuerte que pudieran conseguir. Cuanto mayor era el efecto, razonaban, mayor era el escape de la realidad.
“Muchos de nosotros nos enfrentamos a una vida en prisión, y dejar eso atrás, aunque sea por un minuto, es todo lo que quieres”, dijo Rashad Rowry, de 33 años, exrecluso de la división 9, el ala de máxima seguridad de la cárcel, al explicar por qué solía fumar papel. “La gente que está aquí dentro dirá: ‘Que él haya muerto no significa que yo vaya a morir. Probablemente solo era débil’”.

En la división 9 han muerto más reclusos por sobredosis que en cualquier otra ala de la cárcel, y desde el momento en que uno entra, el olor a papel quemado inunda el aire y se adhiere al pelo y la ropa. Los funcionarios pueden detectar a los consumidores por las yemas de los dedos, que a menudo están manchadas de una resina pardusca.
Consumir no es barato. Un pequeño rectángulo de papel del tamaño de una credencial de conducir puede costar hasta 800 dólares. Una hoja entera puede alcanzar los 10.000 dólares. Los reclusos cuentan que han suplicado por miles de dólares a sus familiares y amigos durante los años que han pasado en la cárcel.
Fuera de los muros, las drogas sintéticas suelen ser mucho más baratas que las tradicionales. Pero dentro de la cárcel, el precio refleja lo difícil que es introducirlas de contrabando y lo desesperados que están los reclusos por colocarse.
Varios reclusos hablaron abiertamente de ataques, desmayos y traslados al hospital. “Pierdes las extremidades, pierdes la motricidad”, dijo Kenneth Olugbode, otro recluso, al describir las sobredosis de las que fue testigo en la División 9. Es imposible que los reclusos sepan lo potente que es una tira de papel hasta que la fuman.

Un amigo de Olugbode, Eric Gunn, fue uno de los primeros reclusos en morir en la cárcel del condado de Cook. El día antes de que Gunn sufriera una sobredosis, había prometido unirse a una llamada de Zoom para el cumpleaños de su abuela.
“Dijo que bailaría y me enseñaría todos sus movimientos”, recuerda.
En lugar de eso, el 9 de febrero de 2023, poco después de la 1:30 p. m., un agente que hacía la ronda lo vio tendido en el suelo, incapaz de hablar, decía el informe de la autopsia.
Un enemigo siempre presente
En el verano de 2024, los funcionarios de prisiones encontraron la Piedra Rosetta: la hoja de papel con 10 drogas sintéticas diferentes.
El descubrimiento fue especialmente inquietante: una sola hoja de papel recubierta con la mayor, y posiblemente más mortífera, variedad de drogas sintéticas hasta la fecha.
El caleidoscopio de drogas horrorizó a los científicos, que lo vieron como una manifestación de la manera tan drástica en que se había descarrilado la química.
“Es una cantidad brutal de material”, dijo Christopher Pudney, científico que estudia las nuevas drogas. “Personifica los peligros de estos nuevos fármacos”.
Y entonces, no mucho después de descubrir la sábana cargada de drogas, las autoridades encontraron a Daniel Aranda-Delgado, de 27 años, muerto de sobredosis por el mismo tipo de ataque ilícito.
El análisis toxicológico reveló la presencia de cinco drogas diferentes en su organismo: un opioide más potente que el fentanilo, un cannabinoide, un alucinógeno y dos depresores del sistema nervioso central. Coincidían estrechamente con las sustancias químicas descubiertas en la aterradora página que los funcionarios habían encontrado.
Conmocionado, Wilks ordenó a su equipo que volviera a empezar. No bastaba con impedir que el papel entrara en la cárcel. Tenían que salir a la calle y averiguar quién lo estaba fabricando.

Desde que comenzó su investigación en 2023, habían detenido a decenas de personas —agentes, enfermeras, reclusos, visitantes— por introducir a escondidas papel impregnado de drogas. Una funcionaria de prisiones fue sorprendida con 48 páginas en su casa.
Pero nadie entregó al proveedor. Con siete muertos en menos de 18 meses, los funcionarios se dieron cuenta de que estaban librando una batalla perdida contra un enemigo siempre presente.
Wilks, de 53 años, se apoyó en gran medida en un investigador del sheriff, Adam Murphy, un exagente de narcóticos que había pasado años en las calles y que todavía llevaba una gorra de béisbol con gafas de sol en el ala, como un policía encubierto del reparto central.
Wilks, por el contrario, tenía un encanto bondadoso, llevaba zapatos cómodos y evitaba decir palabrotas, una rareza en la cárcel.
El equipo investigó todo en busca de nuevas pistas y, por fin, encontró una.
Meses antes, habían sorprendido a un preso con un papel impregnado de droga metido en el ano, lo que eufemísticamente se denomina “cartera de la cárcel”.
Los investigadores revisaron horas de grabaciones en video de sus visitas y descubrieron de dónde lo había sacado: cuando su novia fue a verle, le pasó un paquete de papeles mientras alguien distraía a los agentes.

La habían registrado antes de las visitas, pero nunca la habían detenido por la novedad de la droga en sí.
Extasiado por el descubrimiento, Murphy, de 45 años, fue a casa de la novia.
“Ella nos lo contó todo”, dijo.
Murphy descubrió algo más: el traficante estaba en contacto con presos de todo el país y enviaba papel a centros penitenciarios tan lejanos como en Florida.
De repente, Murphy se vio envuelto en un caso de gran envergadura que cuestionaba la propia premisa de lo que podía ser una droga.
La escala y la novedad de una investigación sobre traficantes que fabricaban papel impregnado de droga —a través de fronteras estatales, sistemas penitenciarios y una asombrosa variedad de productos químicos novedosos— era lo suficientemente significativa como para que Murphy y sus colegas la presentaran a los funcionarios federales a finales de 2024, con la esperanza de que se unieran a la lucha.
Unas semanas más tarde, lo hicieron.
En la calle
En octubre de 2024, Murphy observó desde una furgoneta de vigilancia cómo su informante, Diablo, se acercaba a un todoterreno negro aparcado al borde del parque Garfield, en el oeste de Chicago.
El conductor del todoterreno bajó la ventanilla y le entregó algo a Diablo antes de alejarse a toda velocidad.
“Tiene un pedazo de papel”, declaró Murphy, apostado en el borde del parque.
Minutos después, Murphy y los demás se reunieron con su informador. Diablo le entregó la evidencia.
“Es un trato limpio”, anunció Murphy, aferrando una bolsa de plástico con una sola hoja de papel en su interior.

A finales de 2024, la investigación de la cárcel del condado de Cook se había extendido a varios casos, ya que empezaron a surgir nuevas fuentes de papel por todo Chicago.
Pero atraparlos en el mundo real, fuera de la cárcel, era una tarea difícil. El papel reinventaba las reglas básicas de la aplicación de la ley.
“No tenemos perros que puedan olerlo, no tenemos tiras reactivas, no tenemos kits de pruebas de campo”, dijo Murphy. “Así que si encontramos papel en un tipo, tenemos que enviarlo al laboratorio, esperar cinco o seis semanas a que vuelva y entonces decir: ‘Vale, ahora vamos a detenerle’”.
“En la calle”, añadió, ese “tipo habría desaparecido”.
La treta de Amazon
En una ventosa tarde de marzo de 2025, Wilks salía de la cárcel para pasar el día cuando vio un sedán destartalado estacionado junto a su coche.
El conductor se apeó con tres pequeños paquetes hinchados que parecían de Amazon. El hombre no hablaba mucho inglés, pero estaba hablando por teléfono con una mujer que sí lo hablaba.
La mujer le explicó que el conductor debía llevar los paquetes a un muelle de envíos de la cárcel reservado para las entregas de Amazon, UPS y FedEx.
Desconfiado, Wilks dijo que se encargaría él mismo de los paquetes.
Una vez dentro, abrió los paquetes y encontró tres libros, uno con pornografía y otros dos con la textura pegajosa que había aprendido a asociar con el papel saturado de drogas.
Era un plan descarado. La gente introducía a escondidas papel con drogas enviando paquetes de aspecto oficial al muelle de envíos utilizado por UPS, Amazon y FedEx. Y fue una suerte que Wilks se tropezara con un conductor que se había perdido intentando encontrar el lugar de entrega.
Wilks y su equipo habían asumido durante mucho tiempo que todo lo que salía de un almacén de Amazon era enviado por Amazon y, por tanto, estaba limpio.
Tras recibir la pista, Wilks y su equipo intentaron reproducir el esquema y descubrieron que, efectivamente, podían enviarse a sí mismos un libro adulterado que parecía provenir del propio Amazon.
En un comunicado, Amazon dijo que no había encontrado información que confirmara que vendedores externos estuvieran enviando drogas a los centros penitenciarios del condado de Cook, pero que estaba “comprometida a colaborar con las fuerzas del orden” para ayudar en las investigaciones.
A Wilks le asombraba la inventiva de los traficantes, que superaban todas las barreras que les ponían las autoridades. Este juego del gato y el ratón reflejaba la dinámica más general de la guerra contra las drogas.
“Cada vez que nos deshacemos de una sustancia, aparece otra más potente”, dijo Alex Krotulski, químico forense que ayudó a identificar las drogas en el sistema del condado de Cook.
Aparecieron pistas de que el papel impregnado de droga podría estar popularizándose fuera de la cárcel. Habían circulado pistas sobre gasolineras de los suburbios de Illinois que vendían tarjetas de regalo impregnadas de droga, y de adictos que salían de la cárcel y buscaban papel en la calle.
“Para mí, esto es lo que cambia las cosas”, dijo Wilks.
“Cuando la policía te para con una bolsa de heroína, tienes que esconderla”, explicó. “Pero si te paran con una sobre manila lleno de papel, nadie le va a prestar atención”.
La redada
Amanecía en la avenida Wentworth mientras un convoy de todoterrenos sin matrícula pasaba a toda velocidad entre jardínes minúsculos y casas ordenadas.
Había pasado casi un año desde que Murphy convenciera a la novia del preso para que cooperara. Ahora, en el aire fresco de finales de julio de 2025, un enjambre de agentes federales rodeaba una casa anodina en un suburbio de Chicago.
Dentro, Murphy vio papeles por todas partes. Arriba había una mezcladora industrial. Abajo, una estación de envío, con etiquetas y sobres del Servicio Postal. Había ventiladores por todas partes, presumiblemente para secar el papel empapado.
Agentes de la Administración de Control de Drogas (DEA, por su sigla en inglés), el FBI y el condado de Cook sacaron cajas de la casa, algunas con papel, así como botellas ámbar llenas de líquido, una escena visible desde la acera.

La DEA se llevó el líquido, el papel y un polvo color bronce para hacer pruebas.
De todas las investigaciones que el condado de Cook estaba llevando a cabo, el caso federal era el más ambicioso. Cinco horas más tarde, el objetivo de la redada, Denis Joiner, de 33 años, estaba detenido. Se le acusaba de distribución de una sustancia controlada: en este caso, papel impregnado con dos tipos diferentes de cannabinoides sintéticos.
Las fuerzas del orden llevaban meses vigilándolo e interceptaron envíos a centros penitenciarios de Carolina del Norte, Indiana e Illinois, según una denuncia penal presentada en el Distrito Norte de Illinois.
Un paquete contenía bolsas selladas al vacío llenas de tela impregnada de droga, mientras que otro contenía dos libros, y ambos dieron positivo en cannabinoides sintéticos, decía la denuncia.
Cuando las autoridades registraron su basura, dijeron, encontraron 14 hojas de etiquetas impresas dirigidas a reclusos de todo el país, algunas con remitentes a despachos de abogados.

Tras la detención, Wilks sintió cierto alivio al saber que el mayor traficante de papel de su cárcel —que él conociera, al menos— había sido retirado.
“La detención de hoy responde a algunas de nuestras preguntas”, dijo. “Pero si la pregunta es si lo que ha ocurrido hoy es el final, yo diría que esto no va a parar”.
Y tenía razón. Los funcionarios de prisiones seguían encontrando papel en la cárcel. En el mes siguiente a la detención de Joiner, las autoridades confiscaron 277 páginas sospechosas. Los funcionarios siguen esperando los resultados de las autopsias, pero dicen que dos muertes en la cárcel en 2025 y una en 2026 pueden haber sido causadas por papel impregnado en drogas aún más potentes que antes.
Wilks sabía que él y su equipo estaban atrapados en un ciclo de esta nueva guerra contra las drogas, en el que llegar al fondo del misterio no detenía el misterio, solo lo cambiaba. Pero, ¿qué otra cosa podían hacer?
“El cielo es el límite en cuanto a lo que se les ocurrirá”, dijo. “Nunca deja de sorprenderme. No puedo imaginarme lo siguiente. Nunca podría haber imaginado esto”.
Fuente. Redaccion con informacion de The New York Times

