Entre correos banales, masajes con «final feliz» y una exclusividad seductora, el círculo más cercano del magnate optó por la inacción deliberada ante señales de abuso que eran un secreto a voces.
Había señales, y no eran pocas. Jeffrey Epstein no era solo un magnate con una agenda de contactos envidiable; era un delincuente sexual registrado. Sin embargo, tras su salida de la cárcel en 2009, logró algo asombroso: reconstruir su imperio de influencia mientras diseñaba nuevas salas de masajes en sus mansiones de Nueva York y en su isla privada, Little St. James.
¿Cómo pudo un hombre con tales antecedentes seguir siendo el anfitrión de la élite científica, política y financiera del mundo? La respuesta no reside en la falta de pruebas, sino en una arquitectura psicológica de silencio, intereses compartidos y una calculada ambigüedad.
El lenguaje en clave: ¿Qué es un «masaje»?
Para los amigos de Epstein, la palabra «masaje» parecía tener un significado elástico. En 2010, Boris Nikolic, entonces asesor de la Fundación Gates, respondió a un correo de Epstein sobre un masaje con un revelador: «Con final feliz, espero», acompañado de un emoticón de un guiño.
No fue el único. Los archivos revelan que Epstein utilizaba el acceso a mujeres jóvenes como moneda de cambio social. En 2017, ofreció enviar «dos chicas» a Deepak Chopra para aliviar un día estresante. Aunque muchos de sus invitados ahora expresan arrepentimiento y aseguran que solo vieron a «mujeres adultas», el flujo constante de «asistentes» o «estudiantes» —a las que Richard Branson llegó a calificar como el «harén» de Epstein— era una pieza central de su hospitalidad.
La jerarquía del «Grupo Interno»
Según la psicóloga social Tessa West, de la Universidad de Nueva York, lo que ocurrió fue una «inacción deliberada». El mundo de Epstein funcionaba como un grupo exclusivo reforzado por el poder blando y las oportunidades financieras. Para los académicos, Epstein era una fuente de fondos en un mundo donde el dinero escasea; para los empresarios era el hombre de la «cuerda de terciopelo», el que decidía quién era lo suficientemente interesante para estar «dentro»; para las jóvenes, ofrecía una falsa escalera al éxito, pagando cirugías estéticas, peluqueros de lujo y educación.
La seducción de la transgresión
Epstein cultivaba una imagen de «incorrección política» que fascinaba a intelectuales. Discutía eugenesia, criticaba la inteligencia de las mujeres y lanzaba comentarios misóginos sobre el físico de sus empleadas. Lejos de ahuyentar a sus socios, esta actitud reforzaba su aura de poder.
El psicólogo Gerben van Kleef explica que los grupos sociales suelen ceder poder a los transgresores cuando esa transgresión les beneficia. Al compartir su estilo de vida extravagante — cenas mejores que las del Ritz, vuelos en el Boeing 727 y estancias en ranchos de ensueño —, Epstein convertía a sus invitados en cómplices silenciosos de su comportamiento.
«La vida que llevas es tan escandalosa y, sin embargo, no puedo decírselo a nadie», escribió Peter Attia a Epstein en 2016. El secreto actuaba como un pegamento social: creaba una frontera infranqueable entre los iniciados y el resto del mundo.
Miopía moral y logística cotidiana
Lo más impactante de los archivos de Epstein es la banalidad de la logística. Los correos electrónicos saltan de la organización de vuelos a París o Davos a la discusión de planos para salas de masajes o dietas veganas de invitados ilustres.
Esta atención a los detalles cotidianos —el menú, el horario de Pilates, la reserva de habitaciones— servía como un mecanismo de distanciamiento. Al enfocarse en la «gestión», los invitados evitaban preguntarse de dónde venían esas chicas o cuál era su verdadera situación. Como señala el filósofo moral Kurt Gray, se trataba de una miopía voluntaria: el deseo de pertenecer a ese círculo de poder era más fuerte que la empatía por las posibles víctimas.
Un legado de sombras
Hoy, nombres como Kathryn Ruemmler (exasesora de la Casa Blanca) o Thomas Pritzker (Hyatt Hotels) enfrentan el escrutinio por su cercanía al magnate. La caída de Epstein no solo reveló sus crímenes, sino también la fragilidad ética de una élite que prefirió mirar hacia otro lado mientras disfrutaba del vino y la conversación en la mesa de un monstruo.
El caso Epstein queda como el recordatorio definitivo de que, cuando el beneficio es lo suficientemente alto, el silencio no es solo ausencia de ruido: es una herramienta de poder.
Fuente. Redacción con informacion NY Times

